En cualquier película que tenga la cantidad de energía que se derrocha a raudales en las obras del director manchego Pedro Almodóvar, que dio con Laberinto de pasiones (1982) uno de sus magníficos saltos iniciales a lo que sería una trayectoria artística más que fructífera, como mínimo cabría darse cuenta de la posibilidad de que algún que otro tabú emerja de los escombros de este frenesí, asombrando a la audiencia con su poder rompedor. Aun así, tengo que ser sincero: dichos momentos en Laberinto de pasiones me salen más de la cuenta, y podríamos empezar por los múltiples instantes de incesto, por nombrar solo un fenómeno, y vaya, la verdad es que no me lo esperaba.
Pero lo que sí me esperaba era el sentido del humor y la ligereza con los que se tratan todos y cada uno de esos instantes de incesto, tal y como se tratan los de cualquier otra barbaridad. Están todos esos momentos fusionados con el tono y una visión estética hasta tal punto que parecen no solo entretenidos sino también de buen gusto. Hay que creer lo increíble.
Al final, me he decantado por la idea de que poco más se puede pedir a la creación de un director a quien, a principios de los años ochenta, le quedaba mucho camino por recorrer como artista. Todavía era joven cuando se rodó esta visión particular de un Madrid en plena movida. Y claro que se le puede exigir más, eso es innegable, pero con la salvedad crucial de que criticar no sería más que un ejercicio inútil, carente de un sentido de caridad hacia una figura de calado internacional desde hace ya miles de años, por lo menos en tiempo Almodovariano.
Y para el resto del mundo, aunque sea absurdo afirmarlo desde una perspectiva más exigente, la marca de Almodóvar es casi una marca española. El director representa, para bien o para mal, una parte de la cultura española exportada (y vendida, huelga decir) para el disfrute o la decepción del resto de la humanidad. Es decir, por muy desacertada que sea una película suya, no deja de ser una película de Almodóvar. Una fuerte impronta ha dejado en el mundo del cine, y eso no hay quien sea capaz de negarlo.
Además, algo existe en la constitución de dicho hombre que hace que le guste rodar escenas en el aeropuerto (por algo me ha venido a la mente otra escena parecida). Dicho de otra forma, sus películas siempre se acaban lanzando por los aires, como si no se las pudiera detener en la tierra.



