Recuerdo haber leído en un libro del periodista español Pedro Cuartango, un autor con su propio estilo elegante y filosófico, que la incertidumbre es una cosa que no se puede escapar y que incluso nos es necesaria para vivir.
Toda la vida está llena de esa incertidumbre por la que sentimos la amenaza constante, rehuida por todos y omnipresente, de una muerte que nos llegue de forma repentina para llevarnos arrastrados fuera de este mundo.
Es una presión que a veces no deja respirar, nuestra antítesis vital, pero por otro lado, reconoce Cuartango, la alternativa de saber al dedillo el momento de nuestra muerte y por tanto el tiempo que nos queda por vivir —esa certeza que nos parece tan atractiva— convierte la vida en un penoso recorrido falto de un sentido de esperanza e imposible de aguantar.
Es la incertidumbre, en definitiva, la que nos ayuda a aferrarnos a la esperanza. Y por muy ilusoria que esta sea, es la que a su vez nos puede ayudar a seguir viviendo. Dicho esto, una pena tiene que ser que en nuestro caso la enfermedad es la cura y la cura, la enfermedad, que nos va a ir curando hasta llevarnos a los gusanos bajo la tierra.
Nuestra percepción de la trascendencia del presente está basada en la ficción humana de que este presente es el culmen, el punto final al que ha contribuido el largo proceso de la historia.
De ahí los cultos a estrellas y famosos, a seres humanos más o menos endiosados, el poder, la riqueza, la adquisición de bienes, los sucesos en los medios que tratan de comunicar un sentido de urgencia total, las guerras que parecen señalar el fin del mundo.
En realidad, el llamado presente no es más que otra época en el flujo infinito del tiempo en el cual a todos se nos va a hundir y olvidar hasta el punto de desaparecer por completo, como si jamás hubiéramos existido. Y hasta la memoria más larga y el suceso más inolvidable se van a quedar congelados en ese pasado infinito que va a devorar nuestro porvenir, como si nada.
Si trascendencia hay en la vida —y sigo creyendo que es dudable— está claro que no está ahí fuera. Al menos donde nos dicen que está.
III
Mucho dice sobre la condición humana el hecho de que los estados anímicos negativos, como la depresión, sean cosas en las que se cae, como si por accidente y a pesar de nuestras mejores intenciones. En cambio, los estados positivos muy a menudo se tienen que forzar y aun así terminan tarde o temprano por no impedirnos el lento retorno hacia lo negativo, que siempre nos está hechizando con su poder morboso.
Es por eso que me siento impulsado a decir, ¿hemos nacido todos para el lodo?
IV
In another life, I’d choose to be a rabid wolf howling at the moon. That seems to be the appropriate form of existential outrage, and personally fitting to boot. But we’ve been condemned to think, and not to howl.
V
Tres formas de estupidez hay en el mundo: la de quien no se entera de su propia estupidez y va encantado por la vida; la de quien reconoce su estupidez, pero intenta ocultarla como si avergonzado por ello, y la de quien toma las riendas de su estupidez después de una larga y frustrante batalla, quedándose al final con la paz interior de un tonto que termina tal y como empezó.
Y ahora que has leído todo esto, puedes sustituir la palabra “estupidez” por “humanidad”, creando así una filosofía de la vida (o tu propia forma de verla).
VI
La soledad es una cosa que a veces pretendemos paliar con toda suerte de autoengaños y recursos como, por ejemplo, las redes sociales, un símbolo de nuestros tiempos que ha agravado nuestro instinto de buscar conexión, amor e intimidad mutua hasta el punto de volverlo no solo excesivo sino de vez en cuando abyecto.
Muchas veces siento que esta sed de conexión se busca ahora con más desesperación y menos dignidad. Estamos hasta empeñados en llenar de nuestros deseos un pozo que, a fin de cuentas, siempre va a ser insondable. Más dignidad hay, quizás, en el silencio de la soledad que en la ansia por lo que no existe.
VII
Puedes seguir caminando hasta llegar al retiro de un parque lleno de árboles frondosos y envolventes. Ahí, tendido en la sombra y escuchando el susurro del viento que te va a ir meciendo levemente hasta acunarte como un bebé, verás que viene una ardilla surgida de la nada a devorarte. Por eso tienes que tener mucho cuidado cuando estés al acecho, hijo, porque se te pueden comer vivo como si fueras una merienda.
VIII
No te puedes imaginar la de gente dando paseos por mi barrio con sus perritos. Al toparme con algún que otro vecino, pasa la mayoría de las veces que veo a esta gente agachándose para recoger la caca de sus perritos como si nada, como si fuera una labor digna y hasta bien merecida.
Y a la vez los perros están ahí, perfectamente contentos con no hacer la más mínima muestra de decencia. A veces hasta tienen la insolencia de tenderse en el suelo mientras están esperando a que se les recoja la caca.
Todos piensan que los dueños de nuestras mascotas somos nosotros. Pero yo veo, más bien, una panda de esclavos. Es decir, esclavos de caca ajena.
IX
No me eches la culpa por ser un búho que no duerme nunca. Hay algo hipnótico en la sensación de la noche que la diferencia de la madrugada, cuando todo acaba y te inunda el ajetreo de la luz del sol. Es la ilusión de que existe un tiempo sin fin y seducido por el sueño, la posibilidad de que lo más extraordinario te pueda pasar sin que el resto del mundo se dé cuenta de ello. Es la ilusión de libertad, al final, la que más me atrae por la noche. Una libertad que te engaña y que no tiene consecuencias.
X
Se dice que la noche es una cosa que cae, pero diría yo que de vez en cuando me parece que se me cae encima. Ahí es cuando el sueño me vence, como un puma. Y qué torpe me siento, y qué buena presa.
XI
Es una perspectiva filosófica la que nos puede ayudar en el esfuerzo por ahuyentar las ilusiones que vienen de todo el bullicio y frenesí de la vida, hasta quedarnos con nada más que lo básico: las ilusiones de las que dependemos para vivir. Parece que, tarde o temprano, todos tendremos que estar ilusionados por la vida.